El beso by Elizabeth Hickey

El beso by Elizabeth Hickey

Author:Elizabeth Hickey [Hickey, Elizabeth]
Language: spa
Format: epub
Tags: Novela, Histórico
Publisher: ePubLibre
Published: 2005-01-01T05:00:00+00:00


CAPITULO

14

Transcurrió más de un año de trabajo antes de que la Secesión pudiera afrontar su primera exposición. La razón estuvo en lo complicado que resultó encontrar un lugar donde albergarla. Por supuesto, tenían prohibido usar la Casa de los Artistas, y la mayoría de los lugares disponibles eran demasiado caros, oscuros, inapropiados o feos. Al fin, se decidieron por la Sociedad de Horticultura. Tenía un patio acristalado para plantas y estaba lleno de luz, incluso en marzo. Su junta directiva, que presidía el tío de Berta Zuckerkandl, era muy accesible. Y lo más importante, habían consentido que se les pagara en obras de arte.

Las pinturas llegaban por barco en cajas de embalar, entregadas directamente por los propios artistas o, en algún caso, envueltas en papel y cargadas a lomos de una mula. Había formularios que rellenar y continuos viajes a las oficinas de aduanas del puerto. Había mensajeros, con frecuencia artistas jóvenes, que necesitaban que se les pagara, alimentara y hospedara hasta que la exposición concluyera y pudieran llevarse sus cuadros de vuelta a casa. Todo —cuadros, programas, invitaciones, facturas, funcionarios y artistas— se acumulaba en el estudio de Gustav hasta que fue imposible encontrar un espacio libre por donde andar y mucho menos pintar. Gustav juró que el día que la exposición acabara, quienquiera que todavía continuara sobre su propiedad sería fusilado.

De todos modos, no es que le quedara demasiado tiempo libre. Tenía que asegurarse que los trabajos llegaran y, después, colocarlos en la exposición. Fue idea suya colgar los cuadros de forma aislada, a la altura de los ojos, de modo que las paredes no quedaran abarrotadas del suelo al techo. Una solución que hoy nos parece normal, pero que entonces se consideró muy radical. Habría demasiados espacios vacíos, pensaban, así que la gente se quejaría de no recibir la suficiente compensación por lo que habían pagado. Gustav, sin embargo, contaba con que la exposición precisamente atraería a las masas por su carácter insólito y escandaloso.

Otros, además de Gustav, estaban inmersos en asuntos más prácticos. El beneficio de las entradas constituiría la mayor parte de los ingresos de la Secesión para el próximo año. Si la gente no acudía, la Secesión no tendría suficiente dinero para continuar.

Al fin, todo estuvo a punto. Cada estatua en su sitio, cada flor arreglada, cada ego aplacado. No quedaba más que arreglarse, aparecer en la inauguración y ver lo que la gente opinaba.

El día de la inauguración, Gustav llegó a la Sociedad de Horticultura por la mañana temprano y pasó las horas preliminares moviendo cuadros de un lado a otro, o colocando y contando las botellas de champán. Traté de mantenerme alejada, porque sabía que no había nada que pudiera hacer y que mi presencia solo sería un estorbo.

A pesar de todo, me sentía ansiosa por él. Muchos críticos de arte estarían allí, como Adolf Loos, siempre tan virulento hacia todo el mundo y que, además, parecía detestar a Gustav de manera especial. Con seguridad, escribiría algo mordaz y Gustav quedaría como



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